Andrés Bale

El verdadero costo de ser el mejor: no todo lo que brilla es oro

Todos queremos ganar pero no sabemos que eso tiene un costo.

¿Estás dispuesto a pagar todos los peajes que el éxito requiere?

Todos queremos ganar alguna vez 

Niños y niñas de todo el mundo juegan. Juegan con una pelota, con una raqueta o saltan. Cualquiera de las actividades que hagan para divertirse, en algún punto, puede convertirse en su profesión algún día. 

Estos niños se divierten en forma inocente, sin embargo, a medida que van creciendo empiezan a tener la inquietud de aprender y mejorar en esa actividad. Por último, algunos sueñan con ganar y convertirse en los mejores.

En el caso de los deportistas de élite, ésto se convierte en un propósito, en un sentido y motor de las acciones que van a realizar de ahora en más una vez levantan la cabeza de la almohada cada día. Para el resto de los mortales, queda en un sueño trunco (lo que en definitiva, puede ser una bendición).  

Crisis de identidad 

Los niños ya son grandes y compiten. Tienen un propósito claro y un foco tan dirigido como un rayo láser que te puede partir a la mitad: quieren ganar. 

Para ganar, para llegar a la cima en su deporte, saben que es lo que tienen que hacer. Se levantan cuando todavía es de noche, entrenan al borde de sus propios límites físicos y mentales, resignando actividades que para cualquiera de los demás son cotidianas. Emprenden un camino solitario.

Para ellos, el disfrute es hacer todo lo que hay que hacer. Este personaje que se crea en torno al entrenamiento, en torno a quienes quieren ser para ganar, se convierte en su piel, en su nueva identidad. 

Naomi Osaka, una deportista que conoció sus días más oscuros después de llegar a la cima del tenis mundial, confesó en una conferencia: «En el tercer set literalmente solo traté de apagar todos mis sentimientos, me sentí como vacía, como si fuera un robot».

Esta piel, esta sensación de ser un robot, se pega literalmente en el cuerpo y la mente del deportista. Les guste o no, su identidad, su forma de ver y concebir el mundo. Se asemeja a la fábula de Robert Fisher, El Caballero de la Armadura Oxidada, aquel guerrero que se identificó tanto con lo que hacía que no pudo sacarse la armadura ni para comer. Para poder liberarse de ella tuvo que recorrer un árduo camino de desarrollo personal y transformarse.

¿Qué es el anticlímax?

Los deportistas que nunca experimentaron la victoria a gran escala no tienen idea de lo que significa. No conocen el verdadero costo de ser el mejor en algo, y es lógico, nadie los prepara para ésto. Con mucha suerte, el atleta más consciente – y con más recursos – tiene un equipo que lo acompaña en los momentos difíciles, más conocidos como derrotas. Siempre se habla de la resiliencia, la disciplina y la superación, pero nadie habla de como ganar y no sentirse miserable en el intento.

El anticlímax es el estado que experimentan los deportistas luego de ganar: ese momento efímero que buscaron durante tantos años y que se les esfuma entre los dedos mientras alzan el preciado trofeo.

A veces, ganar duele más que perder. Llegar a la cima es darte cuenta de que seguís solo y de que el “cuando gane voy a ser más feliz…”, no existe.

Cuando se gana, también se pierde. Se pierde el propósito, se pierde el desafío, se pierde el sentido. Todo ésto se desmorona automáticamente. Imagínate por un segundo cómo te sentirías si todo lo por lo que luchaste día tras día durante años (y se convirtió en tu propia piel) se cumple. ¿Qué sigue después? 

Pongamos el caso de la ciclista olímpica británica Victoria Pendleton. Este deporte es muy importante en su país: todo se reduce a ganar el oro, nada más. En Atenas 2004 no logró una medalla y a partir de aquí se obsesionó con Beijing 2008. Durante los siguientes cuatro años, se convirtió en una máquina de entrenar.

En China, ganó la medalla de oro y todo parecía ser color de rosa, tantos años de sacrificio traducidos en el triunfo olímpico. Sin embargo, un año después declaró: “Construiste todo ésto para un día, y cuando termina te preguntas: ¿Oh, ésto es todo?”  

La ciclista reflexiona: “La gente piensa que es difícil perder. Pero es casi más fácil quedar segundo porque tenés algo por lo que continuar apuntando cuando terminas. Cuando ganas, de repente te sientes perdida” 

Impermanencia: la base del sufrimiento.

La derrota es un sabor amargo que perdura. La herida no cicatriza al instante, lleva a la persona a sufrir y rememorar que podría haber hecho mejor. A veces la derrota termina siendo una compañera de por vida que, al menos, trae muchas enseñanzas.

La victoria es diferente: es efímera. Dura un momento y se va. Dota de sentido a todo el esfuerzo que conllevo obtenerla pero segundos más tarde lo quita por completo. Hay que volver a empezar.

Esa es la impermanencia y el sufrimiento del que habla el budismo. Hace miles de años que los humanos volvemos a tropezar con la misma piedra una y otra vez. 

Lo único permanente es el cambio, y ésto, es una de las mayores causas de sufrimiento en la vida de las personas. Y aunque a veces no parezcan, los deportistas son personas también.

El apego a cosas, personas o conceptos que nos identifican terminan por llevarnos a la ruina si no somos capaces de dejarlos ir. 

Sin embargo, como diría Thich Nath Hanh si estuviese hablando de deporte, no es la impermanencia del éxito lo que hace sufrir a los deportistas ganadores, sino más bien la intención de que este sentimiento sea permanente. 

Desde el lado de la filosofía japonesa, el concepto de Mono No Aware hace referencia a la melancolía de ver las cosas cambiar. Ese sabor agridulce de saber que algo es simplemente hermoso porque dura solo un momento. Como el árbol de cerezo que florece y se marchita, como una medalla de oro que se cuelga del cuello y se quita en el vestuario. 

Pérdida de sentido

El jugador de tenis de mesa Matthew Syed cuenta que al menos una derrota ofrece un amplio abanico de opciones emocionales para utilizar de motor: revancha, estoicismo, odio, resignación, tristeza. Algo que, claramente, la victoria no ofrece. 

“El champagne que bebí después de ganar la Commonwealth no fue tanto para empapar mi euforia, sino más bien para ahogar un espiral de angustia” confesó. 

La identificación con esta personalidad de atleta de alto rendimiento, mezclado con dosis de orgullo y ego, llevan a éstos deportistas a convertirse en animales competitivos. Tienen una habilidad increíble: competir contra sí mismos y no compararse con el resto. 

Sin embargo, ésto es un arma de doble filo: cuando se ganan a sí mismos, no lo pueden soportar. Paradójicamente, quieren seguir mejorando para ganarles a su “yo” que les acaba de ganar. 

El corredor Harold Abrahams, al ganar la medalla de oro en París 1924 se sentó totalmente abatido y confundido en el vestuario, no quería hablar con nadie. Uno de sus amigos le preguntó qué era lo que le sucedía y el campeón le respondió: “Uno de estos días te vas a ganar a vos mismo y vas a darte cuenta lo difícil que es de digerir” 

El famoso y emblemático jugador de rugby Jonny Wilkinson experimentó el vacío más grande de su vida al ganar la Copa del Mundo en 2013. Al ser la gran meta de su vida y conquistarla, perdió claridad de cómo seguir. Su confusión fue tal que lo llevó a preguntarse: “¿Cuál es el sentido de lo próximo? 

Así como el Caballero de la Armadura Oxidada tuvo que recorrer caminos escarpados y enfrentarse a nuevos desafíos para desprenderse de esa caparazón de hierro, el experimentado Wilkinson se dio cuenta de que, ante este vacío post-triunfo (“anticlímax”) tuvo la oportunidad de crecer como persona. 

Para eso, debió abrirse a un periodo de vulnerabilidad dado que no podía caminar en los mismos zapatos que lo habían traído hasta ahí. Para seguir, para salir adelante, debía transformarse por completo y así lo hizo.

Exactamente lo mismo le sucedió a Israel Adesanya, el campeón de UFC, que pasó por el infierno de la depresión luego de conocer las mieles del éxito. En su cama, lejos de los flashes, no entendía porque sentía tristeza después de convertirse en el mejor. Ahora, con mucho trabajo psicológico, puede decir que ya es “alguien más que el cinturón”. Al igual que en los ejemplos anteriores, tuvo que escarbar en los límites de su propia identidad para salir adelante y seguir compitiendo.

La emoción como guía

Desde un punto de vista emocional, las mal llamadas “emociones negativas” pueden representar una gran utilidad en el camino de un atleta de alto rendimiento. Simplemente conectándose con esas emociones, el deportista puede ser capaz de continuar adelante, proponerse – y superar – nuevos desafíos. 

Entendiendo que les dice el miedo, la ansiedad o la humillación, pueden encontrar un sentido a su crecimiento y al logro de sus metas. Por eso, en algún punto, perder es menos doloroso que ganar. Perder te da pistas y te obliga a ser vulnerable. Ganar te desorienta y alimenta tu ego.

Sin embargo, con este enfoque a partir de la gestión emocional es cuando el anticlimax cobra sentido y se convierte en una herramienta de gran utilidad.

Si al ganar se sintiera un éxtasis duradero, una eterna sensación de satisfacción, se esfumarían también las motivaciones de seguir compitiendo. Ya nada tendría sentido a nivel competitivo. 

Si existe algún deportista que el llegar a la cima le haya producido un estado eterno de satisfacción y un éxtasis duradero, definitivamente no sería aquel que pueda mantenerse en ese lugar, solo ganaría una sola vez. Ganar es difícil, mantenerse en la cima mucho más.  

Por eso el anticlímax es un estado que, gestionado y capitalizado de manera sana e inteligente, puede ser un gran motor para los atletas. Conectarse conscientemente con ese vacío luego de ganar puede ser la clave para identificar nuevos desafíos.

¿Será que los mejores atletas de todos los tiempos tienen la habilidad de experimentar y salir más rápido del anticlimax que los demás?

Ganar no es para cualquiera

Todos los jugadores de básquet quieren ser como Jordan. Los de fútbol como Messi y los nadadores como Phelps. 

La gestión del anticlímax es quizás la habilidad que distingue a estos espectaculares atletas de los demás: conocen la llave que abre la puerta para seguir adelante todo el tiempo, ganando y ganando. 

No es casualidad que estas “máquinas competitivas” no se cansen de hacerlo: siempre se los ve abiertos al siguiente desafío. A veces, tan rápido que hasta parece que no disfrutan de sus éxitos. 

Incluso el mismo Michael Jordan se retiró, se hizo profesional en beisbol y luego volvió a Chicago Bulls a seguir ganando anillos de la NBA. 

¿O cómo se explica que el velocista Usain Bolt quiere jugar fútbol profesionalmente siendo el corredor más exitoso de la historia? La mismísima Victoria Pendleton se hizo jinete de caballos para competir luego de dejar el ciclismo. 

Ya ni siquiera tiene que ver con el deporte que aman. Estos deportistas conocen de primera mano el vacío oculto que trae consigo la victoria y la soledad que conlleva ser el mejor en algo. Por eso nunca dejan de moverse. Saben dominar el fuego de sus propios infiernos para volver a renacer su llama competitiva una y otra vez.

Jordan o Bryant eran de los que se levantaban a practicar a las 5 am al día siguiente de conquistar un anillo de la NBA. Esa devoción por competir contra sí mismo y siempre ver los márgenes de mejora no la tienen todos. Tampoco la capacidad de desapegarse del triunfo en cuestión de horas. Su identidad no es ganar, es mantenerse ganando todo el tiempo que puedan, no soportan llegar a un lugar y estancarse. Siempre tienen un impulso de seguir por más. 

Para estos atletas, la victoria que acaban de lograr queda automáticamente en el pasado. Las felicitaciones de los demás no les alcanzan porque no cumplen sus propios estándares de éxito. Quieren ganarse a sí mismos y cuando lo hacen se sienten derrotados. Por eso no hay triunfo que alcance para ellos. 

Tim Grover, entrenador personal de Kobe Bryant y Michael Jordan, expresa lo siguiente: “La gente piensa que el éxito te hace feliz, pero cuando lo experimentas, es diferente a lo que te imaginaste. Podés tener lo que deseabas, pero estate preparado para estar solo por tomar el difícil camino de ir por los extremos que los demás no van a entender” 

El dulce veneno del éxito

Definitivamente, ganar no es tan fácil como parece. El éxito trae consigo consecuencias que impactan directamente en el corazón del deportista. 

Estar preparado para ganar es igual o más importante que para perder: en ambos casos, si se deja librado al azar, podrá desencadenar los días más oscuros para la persona que se esconde bajo la piel del competidor. 

A veces ganar duele más que perder. Ser un campeón es un trabajo de todos los días y no todos están dispuestos y preparados para navegar por esa oscuridad y seguir a flote.

¿Estás preparado para ganar?

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